Teta, P. 2025. Mamíferos de Argentina. Tomo II. Cetáceos, Xenartros, Carnívoros y Lagomorfos. Ediciones LBN, Buenos Aires. Tapas blandas, 24x17 cm, 398 páginas, c. 1100g. Precio 103 U$D (según tienda online, precio en AR$ menor y variable por promociones, sin considerar gastos de envío).
Creo que para cualquier naturalista un libro (una colección) de este tipo despierta considerable interés. Este tomo en particular abarca los mamíferos que en general interesan a más personas (me incluyo, como alguien quien desde la infancia soñaba con hacer una guía de carnívoros, que, como tantas otras ideas, quedó inconclusa y en el olvido; menos mal). Se trata de un trabajo largamente esperado ¿hasta la frustrante desesperación? si bien lo largo de los años pudimos contar con otros aportes, desde Olrog & Lucero (1980), pasando por Canevari & Vaccaro (2007), agotados, desactualizados e incompletos, sea por el número de especies, la calidad o la cantidad de información / ilustraciones. Entre aquellos que es posible adquirir en 2025 tenemos a Canevari & Fernández Balboa (2003), Parera (2018), además de Webb & Blincow (2024), que cubren una selección de especies, y sólo los dos primeros están escritos en castellano. Una excepción es la de Lynx Edicions (2020), la única obra que realmente funciona como “guía de campo”, aunque con información muy limitada. Los volúmenes dedicados a los mamíferos marinos son muy numerosos y a veces excepcionales en lengua inglesa, enumerarlos carece de propósito; mientras tanto, en nuestro país destacan los trabajos de Lichter & Hopper (1983), Lichter (1992) y Bastida & Rodríguez (2003, además de una posterior edición ampliada). Hoy, al fin, contamos con una obra enciclopédica con todas las especies, con un tratamiento bastante equitativo y una calidad gráfica superlativa. Lo que muchos no creyeron posible se está logrando (falta el volumen III).
Este volumen sigue la estética y configuración del volumen anterior, cuidada y con un diseño en exceso sobrio, con tapas negras, que es elegante y parece estar de moda, en uso por varias editoriales. El papel es de máxima calidad comparando con otros libros que se publican actualmente en el país, la impresión es también muy buena. En cuanto a la encuadernación, es un libro pegado, no cosido, pero tengo que recalcar que lo leí completamente sin tener mayores precauciones y está como al momento de abrirlo por primera vez. Esto es muy destacable, uno se cansa de los libros caros que se desencuadernan con poco uso. Tiene las típicas solapas, una con una breve biografía del Dr. Teta y la posterior con las portadas del volumen anterior y el próximo de la serie, que abarcará todos los roedores (eso será desafiante). La tipografía tiene buen tamaño y es legible; quizás hubiera sido mejor idea un texto a dos columnas allí donde se utiliza sólo una, dado el ancho de página que obliga a barrer con la vista y buscar el renglón siguiente, una consideración especialmente a quienes leemos con anteojos y nos esforzamos sin ellos.
La estructura es clásica, un prólogo del editor H. Povedano, agradecimientos del autor, introducción, etcétera. Sigue un resumen de los diferentes órdenes y familias, el cual conviene leer y repasar, ya que esa información no se repetirá en las fichas de las especies. Luego nos encontramos con dos capítulos muy bien enfocados, acerca de los varamientos de cetáceos y el “dónde y cuándo” ver mamíferos marinos, colaboraciones de S. Lucero. Acertadamente, me comenta M. Gavensky (com. pers.), que faltaría incluir entre las especies la costa bonaerense (pp. 34-35) al delfín franciscana, muchísimo más fácil de ver que varias de las especies mencionadas. El segundo capítulo puede ser engañoso en algunos pasajes, a menos que se esté muy bien informado; se hace mención, por ejemplo, de que en la Península Antártica se puede ver a la foca de Ross, siendo éste un auténtico fantasma en la región. Creo que se confunde el “es posible ver” (posible, si, probable, de ningún modo) con “ha sido registrada”, para especies como la mencionada. Otro ejemplo, en el mismo apartado, aplica a la marsopa de anteojos.
Luego de una doble página explicando la estructuración de las fichas, comienza el tratamiento de las diferentes especies. Aquí quiero destacar varias cosas: la labor de compilación de datos dispersos, del autor, sus colegas, publicaciones y mucha información inédita es excelente. No todas las fichas son parejas, pero aportan información que resulta invaluable, con pocas críticas puntuales (ver más adelante) que de ninguna manera hacen la menor mella a un trabajo tan estupendo como este. Asimismo, la selección de fotografías es impecable, muchas especies enigmáticas y casi imposibles de ver, cuentan con fotos de calidad entre muy buena y superlativa; en algunos casos se agregan ilustraciones digitales de J. Ferrada, de calidad adecuada, y al final del libro otras de R. Baethe, no tan buenas, pero que sirven a su propósito.
Mi ejemplar trajo un señalador advirtiendo de una errata en el nombre inglés de la ballena franca austral, que evidentemente no es una zarigüeya, un detalle risueño (pasa en las mejores familias).
Los nombres vulgares utilizados son “patrón”, y no existen alternativos ni sinonimia para los científicos, ésto hubiera sido muy apreciado. Cuando han ocurrido cambios taxonómicos, sea en la nomenclatura o por split/lump de especies, uno puede encontrarse algo confundido, especialmente si no se ha mantenido al día con estos cambios.
Comienzo a continuación a enumerar algunos aspectos muy puntuales, que, a mi parecer pudieran ser omisiones, errores o ambigüedades a tener en cuenta, y nuevamente, representan una fracción insignificante, frente a la cantidad de información valiosa que trae este libro.
En la ficha de Caperea marginata se comentan varamientos (me pregunto que habrá hecho IAATO -Asociación Internacional de Operadores de Turismo Antártico- con mis tres reportes a lo largo de los años, por lo visto no los ha comunicado ni hecho disponibles). También existe un trabajo -en el cual no confío- y he llegado a llamar el “Shangri-La” de la fauna, donde aparecen todas las especies más raras de aves y mamíferos, juntas, en cantidad grosera, vistas en menos de un día en un sector muy acotado (un detalle, sin evidencia alguna de tales encuentros abundantes y maravillosos, solamente dos fotos: una pardela y un delfín, solitarios). Entre otras especies se cita a esta franca pigmea, pero prefiero descartar el trabajo en su totalidad por inverosímil (ya comentado en Savigny, 2021).
Para la ballena franca austral, la ficha me resulta algo simplista, considerando lo emblemática que es y su estatus como monumento natural. Más datos ecológicos, biológicos, cómo y cuánto fue cazada, cómo la ex URRSS ocultó al mundo entero sus enormes capturas, cómo se ha recuperado, etcétera. Quizás se hubiera logrado esto reemplazando solamente una foto de media página.
Para el pequeño rorcual Balaenoptera acutorostrata (uníparo, como todos los cetáceos) se hace mención de partos de 2 incluso 3 ballenatos. Existen varios trabajos muy completos, a partir de necropsias por balleneros que detallan los embarazos múltiples en diferentes rorcuales (hasta 6 fetos), sus frecuencias y ocurrencia por especie (E. g.: Slijper, 1949; Kimura, 1957). Como resumen puede decirse que este fenómeno no es exclusivo de esta ballena minke, y que, en todo caso, es esperable en c. 0.87% de los embarazos, y que menos de 1 en 500 termina en parto, con una importantísima mortalidad (Drinkwater & Branch, 2022). Evidentemente, para sobrevivir ella misma, la madre ha de expulsar los fetos, vivos o no, y no existe registro alguno de hembras amamantando / criando a más de un ballenato (Würsig et al. 2018). Creo, que destacar lo que es en realidad entre aberrante (en lo biológico) y anecdótico, y solamente en una ballena o dos, aporta a la confusión: lectores no interiorizados podrán imaginar a una ballena con varias crías, nadando en su maternidad múltiple. Lo mismo es reiterado en el caso de la minke antártica B. bonaerensis (en el pasado se las consideró conespecíficas), en cuya sección de conservación además vemos la repetición literal del texto de la especie anterior (hay solamente una oración diferente), y es difícil saber a cuál de las especies se aplica aquello; particularmente, cuando dice que a B. bonariensis (la especie de la ficha en cuestión) “se la ha confundido con B. bonariensis” (evidentemente ha de referirse a B. acutorostrata).
En la diferenciación de los rorcuales fin, sei, etc, se mencionan varias características conocidas, como el color de la mandíbula, pero se escapa el carácter diagnóstico en el campo, frecuentemente el único que sirve en el mar, especialmente a distancia, y es la transición suave entre el lomo y la dorsal (ballena fin) o abrupta con aleta falcada (ballena sei, minkes, etc.).
Tengo la impresión de que en los mapas y comentarios de distribución hay subestimaciones y sobreestimaciones. En el primer caso, cuando se habla únicamente de varamientos, habiendo información actualizada de avistajes documentados por ejemplo en Happywhale.com. En el segundo, afirmaciones como “es posible ver” llevan a confusión, particularmente cuando se trata de especies muy escasas, que con algo de fortuna uno llega a ver una o dos veces luego de una vida navegando, si es que siquiera ocurre.
La secuencia de inmersión de la ballena azul tiene un problema de redacción: donde dice “aleta dorsal pequeña y bien visible después del soplo” creo debería decir “aleta dorsal pequeña, visible mucho después del soplo” (mientras éste empieza a disiparse). Una de las mejores formas de identificar ballenas azules es observando su soplo, inmersión de la cabeza e interminable pasaje del lomo, hasta que recién se observa una minúscula dorsal. Suelo bromear cuando guío, que, en el caso de la azul, uno ve el soplo, el lomo y tiene tiempo de irse a tomar un café hasta que aparezca la dorsal. Para la misma especie, hubiera destacado su presencia en las Islas Orcadas del Sur; además de abordar su compleja taxonomía con diferentes poblaciones y la existencia de híbridos con la ballena fin (que afortunadamente he podido ver, junto a especialistas, en la zona de Orcadas).
Estimo que, así como se destacan algunas especies con varias páginas, el tratamiento de la ballena fin es muy escueto, considerando que es el único rorcual de gran tamaño que se puede observar frecuentemente y en gran número en aguas australes. Para esta especie se mencionan varamientos y desplazamiento hacia aguas antárticas; vale reiterar lo anterior: su presencia en esas aguas es muy destacable, convirtiéndola en una de las dos especies más abundantes (junto con la jorobada). Un detalle a destacar en la ilustración: la forma de la dorsal es incorrecta, demasiado erecta y falcada. Se observa claramente en las fotografías la suave transición mencionada anteriormente y formato poco vertical.
Para la ballena jorobada se afirma que en su secuencia de inmersión podría confundírsela con el cachalote. Considerando otras características morfológicas y comportamentales, esto me parece, como mínimo, endeble. Además, podría haberse destacado que los ejemplares en el oeste de la Península Antártica provienen del Pacífico, o al menos esto no queda claro en el párrafo de distribución.
En el caso del cachalote enano Kogia sima, al parecer el ilustrador modificó la ilustración de K. breviceps (algo común en ilustración digital, tomar una como plantilla a modificar es la regla, no la excepción), y corrigió acertadamente la posición de la dorsal; sin embargo, dejó el melón en extremo prominente y puntiagudo. Justamente esta especie -aunque variable entre individuos, sexos y a nivel etario- se caracteriza por un melón menos protuberante, como incluso se observa en las fotos de la página contigua.
Se destaca muy acertadamente la dramática disminución poblacional de la tonina común, un fenómeno que se viene apreciando muy palpablemente y al que poca gente presta atención.
Como una curiosidad, mis fotos de Globicephala melas (pp. 120-121) corresponden a G. macrorhynchus. La identificación entre estas especies es en extremo difícil, si es que posible; sin embargo, la aleta en forma de gancho pronunciado no se observaría en G. melas.
La orca. Creo que es la única ficha específica que me decepcionó. Se menciona que en aguas australes existen “poblaciones que difieren en rasgos sutiles de su morfología (…) dieta y tamaño de grupo (…) conocidas como ecotipos”. Me ha resultado desesperante que ahí terminara la discusión. A esto puedo aportar, lo más brevemente posible, que estos “ecotipos” son grupos discretos de ejemplares con diferencias fenotípicas y genotípicas, en las preferencias de hábitat y comportamiento (alimentación, “cultura”, “lenguaje”, etc.) además de estar aislados reproductivamente, hasta allí donde ocurren en simpatría. ¿No es una perfecta definición de Especie? La genética indica que su radiación comenzó hace c. 250.000 años, y se han postulado 10 de estas formas a nivel global; 5 de las cuales habitan en el hemisferio sur (Savigny, en prep.). El tratamiento de Teta (2025) es, a mi juicio, arcaico para una obra contemporánea, donde sería mucho más conveniente tratar a cada una de estas formas australes como taxones sin describir, pero cuyo estatus específico cae de maduro.
Más que interesante -y desconocida para mi- fue la presencia de una pequeña población de delfín chileno en la Ría Deseado, aislada y quizás obligada a la hibridación con especies locales, incluso la eventual extinción gradual; caso similar al del cormorán guanay en la Patagonia atlántica.
Se comenta el tamaño de los testículos de los machos (¿de quién más?) de Sagmatias (o Lagenorhynchus) cruciger, en relación con prácticas de apareamiento promiscuo. A esto me pregunto si el lector promedio comprende de qué se trata todo esto, es decir, que la competencia entre los machos en estos casos se da a nivel de cantidad y calidad de esperma además de la fuerza de la eyaculación (considerando que varios copularán con una misma hembra), de ahí la importancia del tamaño testicular. Lectores/as no interiorizados quedan un poco “a pata”, sin estas explicaciones, válidas para otras especies, particularmente la ballena franca.
La distribución del delfín oscuro incluye las Islas Malvinas, sin embargo, habría que considerar que se habla de quizás una docena de registros y 1-2 varamientos únicamente. Se afirma que “desde el año 2009” se lo viene registrando en el canal Onashaga (Beagle en el libro). Puedo afirmar que esto es arbitrario, es posible que haya aumentado la frecuencia de avistajes (¿mayor esfuerzo de observación?). Personalmente, lo he observado con regularidad desde el año 1998, aunque es mucho más escaso que el delfín austral; tampoco me atrevería a mencionar este año como línea de corte. Probablemente siempre ha llegado a ese sector austral en bajo número, y es virtualmente reemplazado por el austral allí y en las Islas Malvinas.
El mapa de distribución de la marsopa de anteojos, parece estar hecho “a ojímetro” para incluir los sitios donde se han registrado varamientos y una zona prudencial. Se trata de una especie muy poco conocida, pero que definitivamente tiene avistajes en aguas profundas, lejos de la plataforma continental (no sombreadas). Nuevamente me pregunto ¿Qué ha hecho IAATO con mis observaciones y de colegas, hoy en forma de VICAPS y anteriormente en formato planilla de papel?
En el caso de la marsopa espinosa, hubiera destacado su presencia en el Canal Onashaga, a mi modesto juicio, uno de los pocos lugares, sino el único donde hay una oportunidad real de avistarla.
A continuación, dejo un hueco significativo en la revisión: los Xenartros. Así como tengo experiencia significativa con la gran mayoría de las otras especies, mi único contacto con estos mamíferos ha sido la observación de algunas especies en salidas de campo, carezco de conocimientos, y lo único que puedo hacer es aprender de los textos y maravillarme con las fotografías.
En el caso del gato doméstico o feral, faltaría incluir a las Islas Malvinas, donde existe un problema importante con este animal, predando sobre la fauna nativa.
Un detalle a destacar, pertinente a toda la colección, es que podría haberse visto beneficiada por el uso de negritas para aquello diagnóstico. En cambio, el autor hace una enumeración de características, a veces muy precisas, otras veces ambiguas y a mi juicio poco o nada diagnósticas en el campo. Por ejemplo, cuánto más sencillo sería decir de Leopardus braccatus algo como: “el único gato en la Argentina con pelaje dorsal amarronado en contraste con patas, pies y punta de la cola negros”. En este caso dice: “se distingue de otros gatos por su coloración dorsal amarronada cruzada por líneas oblicuas oscuras e indistintas”. Me resulta entre oblicuo, oscuro e indistinto.
En contraste, hay detalles que son muy gratamente recibidos, como la inclusión de puntos de presencia para el gato del pajonal en la zona de General Pueyrredón (Mar del Plata), fuera de su área de distribución sombreada; pero, donde alguna vez aparece, y tengo el recuerdo de haber encontrado uno con mi padre en una de las pocas salidas de campo que compartimos. Que difícil además es hacer una evaluación correcta de los estatus de conservación de los “antiguos gatos del pajonal”, considerando que hoy se trata de varias especies. La única e imperiosa opción: conservar su ambiente y prohibir que se los persiga.
Creo, que para quienes no se mantienen en la cresta de la ola taxonómica, puede haber algunos cambios que no están debidamente explicados. Quien recuerde a Felis o Leopardus tigrina/us aquí puede quedar bastante confundido/a al encontrarse con Leopardus guttulus y L. pardinoides. El último cuenta con una mínima nota taxonómica, que podría incluir a L. guttulus (hay espacio de página), incluso decir que L. tigrinus sigue existiendo -no es un cambio de nombre sino un split- y que habita un amplísimo sector en el N-NW de Sudamérica. En la ficha de L. pardinoides (pp. 244) se menciona a la misma en su descripción aún como L. tigrinus, aportando más confusión. Por otro lado, la taxonomía en Teta (2025) está tan actualizada que deja atrás algo tan reciente como Webb & Blincow (2024), quienes no mencionan la escisión de L. tigrinus y L. pardinoides.
Hay detalles a veces ambiguos en la identificación, veamos por ejemplo al margay (pp. 246), especie para la cual se indica rinario negruzco, contradiciendo al 50% de las fotos que se presentan para la especie, lo cual además me parece un aspecto variable (obs. pers.), siendo a mi juicio (con modestia y toda la probabilidad de equivocarme), más confiable mirar el largo de la cola y el tamaño relativo de los ojos y orejas.
En lenguaje coloquial, “me hacen algo de ruido” los pesos máximos mencionados para el yaguareté y el puma. Parecería que se hubiera utilizado un máximo conservador para el primero y un máximo inusual para el segundo: figuran 121kg y 120kg respectivamente (mismo peso), cuando uno esperaría números conservadores como 120kg y 80kg, o bien los máximos publicados de 158kg y 100kg.
Se agradece por demás la inclusión de dos fichas, correspondientes a los extintos Dusicyon avus y su contraparte isleña D. australis (o Canis antarcticus); que, aunque nadie podrá ya admirar, generan la curiosidad de muchos entre quienes me cuento, y he dedicado un capítulo completo a ellos en Savigny (en prep.).
Nos encontramos a continuación con los zorros, entre ellos el zorro gris “grande” y el “chico”. Varios autores, como Zunino et al. (1995) o Prevosti et al. (2013), los han considerado conespecíficos, aquí el autor sigue los hallazgos de Favarini et al. (2024) quienes mediante estudios moleculares sustentan la separación en dos especies. Esto tiene mucha lógica para el naturalista de campo; sin embargo, las distribuciones aportadas por Teta me resultan algo extrañas, particularmente para Lycalopex gymnocercus (al cual solíamos llamar zorro gris pampeano), completamente ausente en esta región. Por su parte, Castelló (2018), continúa con la separación y el tratamiento de la forma L. gymnocercus antiquus para la región pampeana. En lo fenotípico, puedo afirmar haber visto regularmente esta especie en el SE de la provincia de Buenos Aires, corroborado por colegas a quienes he consultado. Incluso, trabajos que analizan la taxonomía de estas formas han tomado muestras genéticas y osteológicas en la provincia (E. g.: Lucherini & Luengos Vidal, 2008; Favarini et al., 2024).
En el caso del lobo de dos pelos sudamericano, se omiten como ayuda diagnóstica las vibrisas o bigotes (más largas en Arctocephalus gazella), y se menciona “el pelaje presenta abundantes pelos secundarios”. Sería provechoso aclarar en qué consisten, y no solamente como adaptación al medio, sino que esto se vincula directamente con las cruentas cacerías que han padecido ambos lobos de dos pelos, que en el caso del antártico lo han llevado dos veces al borde de la extinción. Se menciona para A. gazella que “los machos se dispersan hasta las Islas Orcadas del Sur”, cuando durante el verano la Península Antártica recibe una enorme cantidad de machos, tanto adultos como adolescentes; provenientes de las Islas San Pedro (o Georgias del Sur).
Continuando con la última especie, aparece una fotografía de un cachorro con leucismo. Considerado de este modo, puede parecer que es una condición que ocurre de modo aberrante como en otros casos, y que su hallazgo es muy improbable. En este caso, el 0.1%-0.2% de la especie se presenta en este morfo “rubio” (hipopigmentado) llegando a la adultez y reproduciéndose normalmente (Peters et al., 2016). De hecho, se ven varios a diario en las Islas San Pedro (obs. pers.), y los porcentajes publicados me parecen en exceso conservadores. Por otro lado, existe un muy raro morfo/pelaje “rojo” (que no figura en la literatura), y he podido observar un puñado de veces, solamente en las Islas Orcadas del Sur y Esquivel (o Sandwich del Sur); y, adicionalmente, me fue comentado por un guardaparque de la estación Orcadas, tenían uno o dos en la zona.
Resulta interesante (no sólo en esta obra, sino en toda la bibliografía) la omisión de sectores australes de Chile como área primaria de distribución para el leopardo marino. Bien me recuerda M. Gavensky (com. pers.), sobre la población residente y hasta foto-catalogada en esa zona, particularmente en el Parque Nacional Laguna San Rafael y Seno Parry, el último cercanísimo a la frontera Argentina. Por otro lado, la presencia de ejemplares en la costa atlántica argentina es regular, reportándose cada invierno, de modo que la categorización como errante no tendría sustento.
Añadiría, para el chungungo, que fue introducido en las Malvinas en la década de 1930, y que existen observaciones hasta finales del siglo XX (más otras recientes sin confirmación). Su estatus actual en el archipiélago es desconocido.
La obra continúa con coatíes, el aguará popé y nos encontramos a la liebre y dos conejos. En el caso del europeo, quedaría por marcar en el mapa a las Malvinas, donde prosperan luego de varias introducciones con fines comerciales.
Nos encontramos a continuación con los anexos, uno con vistas dorsales de cabezas de rorcuales, las secuencias de inmersión de varias ballenas, sin duda útiles, pero con algunas imprecisiones. Siguen dos páginas con ilustraciones a línea para identificar zifios, focas y lobos marinos (una buena idea); como curiosidad, ver los diagnósticos incisivos con protrusión de la foca de Weddell, utilizados para morder el hielo y crear/mantener sus agujeros de respiración. En las páginas siguientes tenemos un detalle del split en cuatro especies del antiguo “gato del pajonal”; que creo ya está suficientemente cubierto en las respectivas fichas.
Un detalle que me parece hubiera sido muy provechoso, es un apéndice final con una selección de huellas. Se aporta por ejemplo el de cabezas de rorcuales, ya mencionado, que a mi criterio no tiene mayor utilidad: se ven de lejos y nunca desde encima, a menos que sea a través de la cámara de un drone. Además, cada día las normativas de aproximación a cetáceos son más y más estrictas, con el patrón de inmersión es mucho más que suficiente.
La bibliografía es al estilo de publicaciones en revistas científicas: literatura citada. Es mi parecer que además de aquellas referencias (o directamente en su reemplazo), un listado de fuentes o lecturas recomendadas hubiera enriquecido inmensamente la obra y la colección. En mi opinión este es un libro eminentemente divulgativo, pero en este aspecto fue encarado como un trabajo académico. Aparecen a continuación fuentes que justifican un par de modificaciones taxonómicas de especies del volumen anterior, una corta fe de erratas y el índice. El tomo I tiene un glosario al final (no he revisado si cubre toda la terminología de este volumen II), pero, para quien tenga interés en este grupo tan popular de mamíferos, y no en los del volumen anterior o del siguiente, la inclusión de un glosario hubiera sido agradecida.
Así como me he permitido criticar algunos mapas, otros descollan por su detalle. Basta ver en la página 222 el del gato andino y compararlo con su equivalente en Webb & Blincow (2024). El nivel de precisión es no solamente bienvenido, sino admirable. Datos reales y trabajo meticuloso en el presente trabajo de Teta vs. lo que siempre he llamado “criterio adivinatorio” o “más o menos por acá”.
En muchas partes, especialmente en las secciones de historia natural, encontramos datos que realmente son preciosos, basados en observaciones de campo; quizás sin el mayor rigor científico, pero realmente enriquecedores, dan contexto a las observaciones y nos hacen sentir en el terreno, observando estos animales. De qué color se ven los ojos de noche, con qué insectos está asociado un animal, cómo responde a tal o cual estímulo, son todos aspectos valiosísimos. Es también un enorme aporte la ficha extendida, con varias páginas dedicada al proyecto de investigación y conservación del gato andino, colaboración de Repucci et al.
Nuevamente quiero destacar lo minuciosa que ha sido la búsqueda de fotografías, con mínimas excepciones; pero hasta cuando se han usado otras, de calidad inferior, aportan mucho. Corresponden a especies esquivas, escasas, que en general se conocen por varamientos o por el encuentro ante cámaras trampa. Uno no puede más que sacarse el sombrero ante lo que se ha conseguido. Veamos por ejemplo al gato montés, con fotos que realmente representan a la especie en actitudes típicas, como verse descubierto, pero también en momentos difíciles de presenciar, en la búsqueda de sustento, al acecho, en una situación agonística con un zorrino; es realmente fantástica la colección fotográfica en esta serie de libros.
Parece una desfachatez hacer críticas a un trabajo como este ¡y quizás lo sea! Lo hago desde la admiración y el reconocimiento por todo el trabajo “detrás de cámara”, sólo conocido por su autor y sus allegados. Humildemente pido perdón si en algún comentario sueno irreverente, pero disfruté enormemente la lectura de este nuevo volumen de la colección, y será de consulta permanente, sin dudas, a partir de ahora.
¿Como podría resumir una revisión, ya de por sí extensa? No es un libro barato, lo sé, pero vale la pena cada página, cada ficha y cada foto. Nunca se sabe si una obra como esta será reimpresa, con los vaivenes de nuestro país. Compre este libro ya mismo, con suerte encontrará una promoción, un descuento, haga lo mismo con el tomo I y el III, cuando se publique. Ningún naturalista debería dejar de tener, leer y aprender de esta colección sobre los mamíferos de Argentina. Además, es otro de los tantos casos en que el trabajo de los sudamericanos, de los argentinos particularmente, paso a paso y con esfuerzos difíciles de cuantificar, supera con creces a lo realizado en el extranjero. Un orgullo Nacional.
Christian Savigny
https://linktr.ee/alasdeloceano
Agradecimientos:
Primeramente, a Hernán Povedano y el equipo de LBN, por contarme entre el grupo de personas que aportaron fotografías para este volumen y hacerme llegar un ejemplar. No siendo fotógrafo ni teniendo un equipo decente -ni indecente- me siento honrado de que hayan publicado tantas de mis fotos. Al gran amigo Marcelo Gavensky, que bien conoce a los mamíferos del país, por varios acertados comentarios y responder algunas consultas. ¡Al autor! Al Dr. Pablo Teta, a quien no conozco, pero ya admiro. A Jorge La Grotteria de EcoRegistros por proporcionar la plataforma donde publicar la presente.
Bibliografía Citada:
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Favarini MO, Simão TLL, Macedo GS, Garcez FS, Oliveira LR, Cárdenas-Alayza S, Cardeña Mormontoy M, Angulo F, Kasper CB, Johnson WE, & E Eizirik (2022). Complex evolutionary history of the South American fox genus Lycalopex (Mammalia, Carnivora, Canidae) inferred from multiple mitochondrial and nuclear markers. Diversity, 14(8), 642.
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Palabras clave: Pablo Teta, Mamíferos, Argentina, Cetáceos, Xenartros, Carnívoros, Lagomorfos, Tomo II, LBN, Cetacea, Xenarthra, Carnivora, Pinnipedia, Lagomorpha, revisión