| En 1805 Félix de Azara lo llamó "El Azul", comentando que observó parejas en los 27° y 29° de latitud y nunca más al norte, pero que tenía información de que llegaban a los 33°. Esta especie no solo criaba en huecos de troncos, sino que más bien lo hacían en barrancas verticales de los ríos Paraná y Uruguay, y su alimento se limitaba a frutas, semillas y dátiles, porque no poseía la misma fuerza que el Guacamayo Rojo (Ara chloropterus). Describe su plumaje haciendo notar que es mayormente celeste, menos vivo en zonas ventrales y con la cabeza y nuca opacas, que se transforma en pardo en los costados de la mandibula inferior, y menciona que con la luz todo lo azul cambia a color verde (Azara, 1805). Sick comenta que esta especie era la menor de las araras azules, refiriéndose a las del género Anodorhynchus (Sick, 1977).
La especie fue descripta para la ciencia por Vieillot en 1816 en base a la descripción realizada por Azara , de ahí Vieillot lo denominó glaucus, recordando esos detalles de coloración. En base a las coordenadas brindadas por Azara, la localidad típica fue fijada como los alrededores de la ciudad de Corrientes, Argentina, y se extendía hasta el sur de la provincia de Entre Ríos (Chebez, 1999).
Los datos publicados formalmente escasean en detalles concretos como fechas y ubicación sobre los registros, a continuación una compilación:
Su distribución abarcaba el este de Paraguay, sur de Brasil (Sick, 1977), nordeste de Argentina (Azara, 1805) y norte de Uruguay (Chebez, 1999).
A principios del siglo XIX era común a lo largo del río Paraná, cerca de Corrientes, Argentina, donde la tripulación del antropólogo A. D´Orbigny navegaba (Sick, 1977).
En 1820 Saint-Hilaire señalaba en Santa Catarina, Brasil una arara relativamente pequeña, "muy común", de plumaje azul verdosado con un círculo amarillo alrededor del ojo que debía haber sido esta especie (Saint-Hilaire, 1936 en Sick, 1977).
Una comunicación de F. Sellow dice que en diciembre / enero de 1823-24 una arara azul nidificó en paredones cerca de Caçapava do Sul, Río Grande del Sur, Brasil (Stresemann, 1948 en Sick, 1977), lo que sólo puede referirse a esta especie (Sick, 1977).
El 20 de diciembre de 1827, D´Orbigny, estando en el noroeste de Corrientes, en la ribera del río Paraná y cerca de los ríos y esteros de Itaibaté y de Santa Lucía, apunta: "A todo el largo de la barranca se veían diseminadas yuntas de guacamayos color verde glauco, cuyos gritos agudos repetía sin cesar el eco del bosque. Cada cual se mostraba ante los enormes agujeros que cava en la barranca, para desovar, o posado en las ramas colgantes de los árboles que coronan las costas. A esos gritos agudos se mezclaba el grito no menos desagradable de las pavas de monte, que recién cesaba cuando nos alejábamos de sus nidos" (Bertonatti, 2001).
En 1837, a lo largo del río Paraná, cerca de Corrientes, Argentina la tripulación de D´Orbigny utilizó la carne de este arara como alimento, donde D´Orbigny comentó que era "tan coriácea que no pudo comerla" (Sick, 1977).
Ya para 1895 la especie era considerada como "muy rara" para Argentina (Holmberg, 1939).
En 1950 Raúl Vaz-Ferreyra habría efectuado el último registro visual de la especie en libertad en el norte de Uruguay, departamento de Artigas (Chebez, 1999).
En 1977 luego de una revisión de casi todo el material existente de la especie, Sick comenta que no encontró registro de este arara en la parte brasileña del río Paraná, y menciona que parece indicar que la especie está realmente extinguida. Señala a las 3 araras azules de Brasil con el siguiente estado de conservación: Guacamayo Jacinto (A. hyacinthinus): Vulnerable, Guacamayo Glauco (A. glaucus): Extinta y Guacamayo de Lear (A. leari): En Peligro Crítico. Remarcando que el Guacamayo Glauco es representante geográfico de Guacamayo de Lear (Sick, 1977).
La desaparición de esta arara, ya en el tiempo en que las respectivas áreas eran poco afectadas por la civilización, nos permite sospechar de una decadencia natural, un agotamiento genético de la especie y tal vez incluso de una catástrofe natural provocada por una epizootia, como puede haber ocurrido con el Periquito de la Carolina (Conuropsis carolinensis) (Ridgely, 1980 en Sick, 1977). También fue una de las primeras especies citadas en la literatura utilizada como alimentación de la población local (Sick, 1977), lo que indica que fue sometida a la caza. Y es posible que algunos especímenes hayan sido negociados en círculos de aficionados y que otros no hayan sido reconocidos, pasando por el Guacamayo Jacinto o el Guacamayo de Lear (Sick, 1977). Por otro lado se cree que la especie se especializó en alimentarse de la palmera Yatay (Butia yatay), por lo que fue desfavorecida por la introducción de animales domésticos en las zonas donde abundaba esta especie de palmera, ya que los palmerales sujetos a la presión de pastoreo tienden a declinar, sumado a que también el hombre disminuyó con su llegada la población de esta especie de palmera (Yamashita y Valle, 1993). Pero también pudo haber contribuido negativamente con su desaparición la Guerra del Paraguay o de la Triple Alianza, que enfrentó a Paraguay con Uruguay, Brasil y la Argentina entre 1865 y 1870, que se superpuso con la distribución geográfica de este guacamayo, siendo que la artilleria, las maniobras navales y el movimiento de tropas en combate produjeron daños ambientales sobre las barrancas ribereñas y demás ambientes ocupados por estas aves (Bertonatti, 2001).
Figura N° 1. Lámina exhibida en el Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia", Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina donde se muestra una fotografía del único ejemplar conservado en Argentina, que no se encuentra exhibido, perteneciente a la colección del MACN.
Autor de esta compilación: Jorge La Grotteria - 27/05/2017
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